LLUVIA ROSA
Recuerdo de niña cuando tuve la primera experiencia de acoso (estando en primaria) en la que un hombre creyó que enseñarme sus genitales y querer tocarme estaba bien, mi reacción fue de miedo y asco, correr asustada a mi casa llorando y después con mucha vergüenza contarles a mis papás.
Mi papá me contestó que desafortunadamente pasaría más veces y que yo tendría que aprender a defenderme porque él no estaría siempre para ayudarme.
En su momento sentí mucho miedo que se transformó en coraje...
Por qué tendría que volver a pasar?
Esto le pasaba a otras mujeres o sólo a mí?
Por qué mi papá me decía que él no podría ayudarme?
Con el tiempo entendí que no sería la única vez y que el acoso o violencia aumentaría...
Entendí que caminar en uniforme de la escuela haría que algunos hombres me gritaran cosas o me chiflaran.
Entendí que si llevaba escote haría que me vieran de forma distinta.
Entendí que hay hombres que creen tener derecho a tocarte estando en cualquier lugar, en lo público o lo privado.
Entendí que no estaba segura en ningún lugar de la calle estando sola.
Y lo peor de todo es que lo normalicé, opté por no vestirme de cierta forma, no caminar donde hubiera un grupo de hombres, que si me gritaban algo en la calle lo mejor sería no voltear, que en el camión el hombre que se pegara a mí, lo mejor era moverme de lugar, y pasaron muchos momentos así en los que sólo guardé silencio.
Había una culpa interna en mí cada que ocurría un episodio así: "claro, pues venía con uniforme", "seguro fue por la blusa que llevaba", "para qué pasaba por ahí sola"... me responsabilizaba de lo ocurrido... qué equivocada estaba!
De pronto en la televisión hablaban de "las muertas de Juárez", las desaparecidas, y en todo el país sonaban nombres de mujeres que un día sin mas no llegaron a sus casas.
Veía a sus padres pidiendo ayuda, en cápsulas de los noticieros, programas especiales, en lo que decían que aquellas mujeres trabajaban en fábricas o que iban a la escuela y desaparecían, todos los días sin que nadie tuviera pista.
"Juárez está muy lejos" pensé.
Sin siquiera imaginar qué esas historias se repetirían en todo el país, que las desapariciones, violaciones, acoso, violencia escalaría a un nivel desenfrenado. De pronto todas las mujeres vivíamos con miedo... a desaparecer, a pasar una violación, a que nuestro nombre se uniera a las que alguna vez me parecía vivían en una pesadilla ajena a mí, al olvido.
Crecí y me di cuenta que el país en el que vivía aparte de ser machista era cómplice (y cierta complicidad nos correspondía a las mujeres).
Yo fui cómplice de la violencia que dejé me pasara, desde el señor que me enseño sus genitales hasta el "niño bien" que se atrevió a darme una cachetada y querer golpearme por no querer nada con él. Fui cómplice con mi silencio, pero no fui responsable de lo que me pasó, yo no lo causé.
Como país hemos sido cómplices de la violencia desmedida hacia las mujeres, de la normalización de las desaparecidas, de los cuerpos que se encuentran en ríos, en lotes baldíos, en calles abandonadas, de mujeres que para la sociedad son culpables de su propia muerte!
Para qué estaba sola tan noche?
Por qué sus papás la dejan salir tan tarde?
"Seguro andaba en malos pasos"...
"Claro, con esa ropa como no la iban a violar"...
Nuestros grupos de amigas de WhatsApp se convierten en un checador después de cada salida, "ya llegué", "yo también", "que bueno, buenas noches", nuestros recorridos en Uber se vuelven compartidos con alguien querido para sentirnos más seguras, nuestras salidas a la calle se acortan para no estar solas tanto tiempo, tomamos clases o cursos de defensa personal...
Pero llega un punto de quiebre, un despertar, un alzar la voz y decir BASTA!
Habemos mujeres que desde hace tiempo ya no nos quedamos calladas, que condenamos la violencia y el machismo así tal cual, que sí vemos algo, decimos algo, sea en la calle o en los espacios de trabajo.
Como sociedad llega un punto en el que las fotos de las desaparecidas que vemos en nuestras redes sociales nos rebasaron, que los cuerpos de mujeres abandonados nos pegan en la conciencia y nos hacen actuar, que el saber que policías violan a una menor de edad y viven en la impunidad nos recuerda que en cierto modo sí estamos solas.
Que el no querer incomodar o "hacerla de tos" como le dicen, ya no es opción, que vivir con miedo de andar en la calle, caminar al carro con las llaves entre los dedos como arma de defensa, voltear a todos lados al estacionar el carro a ver quién camina por ahí o al bajarnos solas del camión para que nadie nos siga, fue suficiente.
Y es ahí cuando caminamos y brillamos unidas.
Tengo el privilegio de poder escribir esto desde mi casa, tranquila, de que mis experiencias negativas no terminaran en violación o en asesinato, de no tener que identificar a una amiga o hermana en la SEMEFO, de no tener que hacer papeleo burocrático después de una violación, de no vivir con la angustia de alguna de mis amigas o conocidas desaparecida.
Soy una mujer privilegiada por que estoy viva, pero mi privilegio me mueve a pedir lo mismo para todas las mujeres, no importando edad o situación social, me mueve a decirle a los hombres (papá, hermano, esposo, novio, amigo, conocido) que nos escuchen y nos crean, que sean aliados, que comprendan el miedo con el que vivimos y el coraje con el que salimos a las calles a exigir libertad y justicia.
Mi privilegio me mueve para escribir esto, para salir a las calles, para gritar por cada mujer desaparecida, y decir que la realidad es que nos están matando y nos están olvidando.
Espero que para mí México y mis hermanas mexicanas la lluvia rosa que se desató los últimos días no pare, que cada rincón del país cimbre con el movimiento, que se escuche, se actúe y se haga justicia a todas las que alguna vez vivieron también con miedo.
Espero que las actitudes machistas que vemos cotidianamente ya no sean normalizadas sino eliminadas, que no se permita la violencia y que como sociedad nos protejamos y cuidemos.
Espero que nuestra generación sea la que cambie las cosas, que las autoridades abran los ojos y actúen en proteger a las víctimas y castigar a los responsables, no al revés, que cada hombre que haya lastimado a una mujer, viva con miedo porque ahora todas estamos unidas, porque el silencio ya no es opción.







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